¡NO QUIERO PERDER LA FE!

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Me llaman al móvil. Respondo. Lágrimas, angustia, un corazón roto. Luego la explicación y la súplica, todo seguido: “Soy…, mi hermana está en el Hospital por un derrame cerebral, es la tercera vez en mes y medio, la operaron, parecía todo bien, pero…, son sólo 25 años, no quiero que sufra… no me queda nada, hasta ahora era la fe la que me mantenía, pero estoy fallando, dudo, ¡no quiero perder la fe!, es lo único que tengo”. Esta conversación fue hace pocos meses. ¡Cuántas situaciones similares en mi vida sacerdotal! Y no esperan respuesta; son más bien un desahogo, un grito a Dios para no perder lo que da sentido a sus vidas, la Fe.

Cuando se pone a prueba nuestra fe es cuando sabemos si creemos o no. Tener fe no es tener una opinión sobre Dios, ni repetir gestos religiosos; tampoco es una forma cultural o una devoción. La fe, en su raíz, es un don personal, una gracia; nadie puede conquistarla ni comprarla, ni tan siquiera compartirla; solamente podemos pedirla al Señor. Y después “dar razón” de ella y de nuestra esperanza. La fe es presentada en el Catecismo de la Iglesia Católica como “la respuesta libre del hombre al don de Dios, a la iniciativa amorosa de Dios sobre cada persona”

Por eso la fe se hace expresión concreta y existencial en cada ser humano. Para Habacuc es “grito desesperado” ante la situación del pueblo y el silencio divino. También nosotros, desconcertados ante continuas noticias de guerra, desastres naturales, injusticias, inmigrantes muertos en el mar, o refugiados de Siria y de otros lugares, nos preguntarnos y gritamos: “¿por qué?, ¿hasta cuándo?”

Para San Pablo, la fe es “don y testimonio”: “reaviva el don de Dios… no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”. Para San Lucas es “súplica a modo de oración” de los discípulos a Jesús –“auméntanos la fe”-, que buscan ser idóneos seguidores del Maestro e imitar sus gestos, palabras y obras. Lo importante, pues, no es el modo en que la fe se concretiza, sino precisamente eso, que se haga carne en hombres nuevos que sepan ver a Dios en los signos de los tiempos y puedan responder como hizo Jesucristo ante cualquier circunstancia. Y es que “el justo vivirá por su fe”.

La fe no produce pasotas, la fe no paraliza, no retrae ni hace cobardes, sino que proporciona “un espíritu de energía, amor y buen juicio”. La fe concluye en la acción, en la donación; la fe concluye en la caridad. Así, desde la experiencia de la fe -siempre en debilidad, pero siempre seguros de la fortaleza de Dios y de su presencia- podremos “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio”. No añoremos tiempos pasados, ni esperemos nuevos tiempos, éste es el momento, el tiempo y el lugar, en que Dios nos ha encontrado y nos ha enviado para ser sus testigos, nunca en provecho propio, siempre en función de nuestros contemporáneos, de nuestro mundo, tan necesitado de amor y de esperanza. 

Y al final diremos agradecidos: “somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”

Luis Emilio Pascual Molina