ES DE BIEN NACIDOS SER AGRADECIDOS

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“¿Qué se dice?”, le pregunta la madre a su pequeño cuando le dan un caramelo;
y éste responde casi avergonzado: “Gracias”. Es una escena que todavía contemplamos.
Sin embargo, cuando crecemos se nos olvida “dar las gracias”.
Las lecturas que la liturgia nos propone hoy sugieren de inmediato el tema de la
gratitud. Naamán es curado de su lepra por obedecer -aunque reticente en principio- al
profeta Eliseo. ¡Y lo agradece! Diez leprosos son curados cuando, obedeciendo a Jesús,
van en busca de los sacerdotes. Se trata de claras referencias al Bautismo, la Penitencia
y la Conversión. El Señor nos invita a redescubrir que Él y sólo Él es nuestro Dios. Él
obra maravillas y nos hace pasar continuamente de la lepra del pecado a la vida nueva,
pero nos lo recuerda sirviéndose de extranjeros que pasan por el camino de la humildad
para llegar a una fe liberada de todo orgullo y capaz de mostrar agradecimiento. A
diez leprosos curó Jesús; sólo uno volvió, agradecido, glorificando a Dios. Intuyó, a
través del signo de la curación, al Salvador. Para los otros nueve, el encuentro con Jesús
no fue distinto del que podían haber tenido con un simple curandero. Les bastó con
dejar la lepra, pero no pasaron de la curación a la salvación. Nueve fueron sólo curados,
uno encontró la Vida -con mayúsculas- más allá de la curación.
Cada día son muchos los prodigios que Dios pone a nuestro alcance: la vida, la
familia, los amigos, el trabajo, la salud, la fe… Y de modo particular el milagro de la
Iglesia, el de tu “otra” familia, la del Espíritu -a pesar de los mil pecados de los que la
formamos-, hogar donde se te ama, acoge y perdona siempre, y donde eres gestado a la
Vida en mayúsculas. En ella encontrarás y vivirás esa Fe que –agradecida- te permitirá
escuchar de labios del mismo Jesús: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”. ¡Qué pena
esos otros nueve -ese noventa por ciento- que se contentan sólo con “quedar limpios”,
que convierten día a día los prodigios del Señor en ellos en derechos que les pertenecen,
y cada vez que les falta uno ponen el grito en el cielo -nunca mejor dicho-, juzgando a
Dios, y terminan por ser personas amargadas y desagradecidas!
Gratitud es saber acoger regalos. El prepotente, el soberbio… los desprecia.
“Así no tengo que agradecer nada”, dice. Sólo el humilde lo entiende. Leí una vez que
en cierto idioma africano la palabra “gracias” significa “mirar atrás”. Lo cual parece
indicarnos que al agradecimiento sólo llega quien sabe mirar atrás y contempla cómo ha
transcurrido su vida. “¡Gracias sean dadas a Dios Padre, por Jesucristo el Señor…”,
suele ser inicio de todas las cartas de Pablo. Él sabía muy bien de dónde venía… y los
milagros obrados por Dios en él.
Toda nuestra vida es un permanente “don y agradecimiento”. Agradecer en
el día a día los regalos es educación; agradecer a Dios los dones recibidos es señal de
una fe cierta y de una confianza a prueba de obstáculos.

Luis Emilio Pascual Molina