¡ENCARNADO!

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Se acabaron definitivamente las fiestas. Vuelven las frías mañanas a poblarse de estudiantes que caminan hacia su tarea; vuelven los grupos parroquiales a reunirse para madurar en su fe, los políticos a los parlamentos… Y todo agudizado por esta COVID que no desaparece, sino que amenaza más y más. Ya está aquí -a pesar de las rebajas- la cuesta de enero, que nos hace conscientes de la limitación económica, y también la monótona vida de cada día, que descubre otras muchas limitaciones físicas, morales, personales, familiares y sociales. Se acabó la “falsa tregua” del amor y la solidaridad. Y, sin embargo, así es la vida y la historia, la desnuda realidad humana que ha de asumir todo hombre, aunque se llame Jesús de Nazaret y sea Hijo de Dios. Porque eso es lo que significa que Dios se hizo carne: que la acción salvadora de Dios no se realiza sobre idílicos mundos o maravillosos sueños, sino sobre la vulgar -que no insignificante- realidad de cada día.

No resulta fácil digerir el misterio del “Dios-hecho-hombre”. Han pasado veinte siglos, y el tiempo y el arte añaden poesía a una realidad que fue históricamente mucho más cruda: no es lo mismo ver los niños de barro en los pesebres de musgo y corcho, o el impresionante niño de madera del Belén de Salzillo, que ver al hijo de unos viajeros que, sin ningún lujo, han de conformarse con verlo nacer en un establo de bestias. Ese es el realismo de un “Dios-Hombre-Encarnado” en el mundo real. Así, por desgracia, les sucede hoy día a muchas familias, sean o no inmigrantes, con una realidad muy dura que afrontar.   

Dios “se manifestó en la carne”; fue “feto humano”, como tú y yo, eso que algunos consideran hoy fruslería intrascendente que puede terminar en la basura de una clínica. Se manifestó débil en el pesebre a los pastores, se manifestó Rey a los Magos de Oriente, y hoy se manifiesta como “el Hijo, el predilecto de Dios”, a quien esperaba Israel y que vendría a implantar el Derecho y la Justicia. Y entre tanto, nada importante, como nos sucede a la mayoría: treinta años de silencio, comidas y oraciones, chapucillas con la madera en el taller de papá, juegos, estrecheces económicas y fiestas populares, alegrías y penalidades… vida vivida, en definitiva. Es decir… ¡Encarnado!

Bajó al Jordán -como subiría luego a la cruz- llevando sobre sí nuestros pecados, limitaciones y dolores. Es el Dios Encarnado que ha conocido nuestra masa y sabe que somos barro. Manifestado en la carne vino a darnos su Espíritu. El Bautismo de Jesús en el Jordán cambió radicalmente su vida: pasó del ámbito familiar a la misión mesiánica, y de la vida tranquila de Nazaret a recorrer pueblos y caminos. Hoy la Iglesia hace memoria de aquel acontecimiento y nos invita a recordar y revivir nuestro propio Bautismo. Nuestra vida también cambió en las aguas bautismales: pasamos del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida. En el Bautismo comenzamos un nuevo camino como cristianos, invitados por Dios a “pasar -como Jesús- haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal”.

Luis Emilio Pascual Molina
Capellán de la Cofradía de Jesús
Fiesta del Bautismo del Señor – Ciclo B
10-enero-2021