“¡SEÑOR, QUE PUEDA VER!”

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“Dale limosna, mujer; que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada”. Refleja el bello romance una situación social de los ciegos muy similar a la que pudo contemplar Jesús en Israel, donde la ceguera era un mal corriente. ¿Qué puede hacer un ciego sino extender la mano y esperar limosna? Sin embargo, hay otra ceguera. “No veo nada”, se escucha en algunas conversaciones, y entendemos que alguien se encuentra sin saber qué dirección tomar. El hombre difícilmente se reconoce “ciego”, y suele tomar conciencia de su ceguera con el sufrimiento, que le llega como una nube en los ojos, como unas cataratas; la respuesta suele ser el reproche a la propia vida, a los demás, a Dios, el tirar la toalla en la lucha de la vida, se avinagra el carácter, llega la depresión… y en el caso límite se acaba en suicidio.

Si lo pensamos un poco “todos andamos un poco miopes”: ¿qué actitud tomo ante mi hijo: comprensión, perdón o mano dura?, ¿no sería mejor divorciarnos?, ¿para qué seguir esforzándome si no me lo tienen en cuenta?, ¿le decimos que tiene cáncer o lo envolvemos en mentiras sus últimos días?, ¿no habré hecho el tonto con esta familia numerosa?, ¿para qué estudiar si voy al paro?… ¿Solución?: la de Bartimeo, el ciego de Jericó: sentarse al borde del camino, a la orilla de la vida… y extender la mano pidiendo una limosna, mendigar unos afectos que compensen mi desgracia, etc.

Hoy celebramos el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), este año con el lema “Cuenta lo que has visto y oído”. Se nos recuerda que el testimonio de vida personal es, de por sí, misionero, y que la vieja Europa, nuestro occidente anteriormente creyente, es ahora la primera tierra a misionar, comenzando por nuestra propia familia y los compañeros de trabajo, estudio o diversión. La Palabra de Dios es siempre actual y es eficaz. Si hoy es proclamada es porque delante tiene una “asamblea de ciegos” que deben recuperar la vista, a quienes hay que anunciar el gozo de Jesucristo, avivar la fe y devolver la luz y la esperanza; en definitiva “gente que quiere vivir”. No pueden vivir sin luz, y Jesús es “la luz del mundo”.

Bartimeo había oído hablar de Jesús; escucha el murmullo, el Maestro pasa cerca, y sin dudar un instante… grita y grita. Necesita ser escuchado, quiere salir de su postración y recuperar su dignidad de persona. ¿Qué es la oración sino un grito al único que puede sacarnos de las tinieblas y devolvernos la luz, la esperanza y la vida? Bartimeo pasó de las tinieblas de la orilla del camino a la vereda de la luz; se disiparon para siempre sus oscuridades, su soledad se convirtió en compañía y se unió al cortejo del Hijo de David: pasó de la fe al seguimiento.

Pidamos al Señor que ilumine la mente de los científicos y dirija la mano de los oftalmólogos, y desaparezca la discapacidad que supone la ceguera. Pidamos, mientras tanto, que reciban de sus hermanos algo más que limosna, y se eliminen las barreras que impiden su integración. Pero más importante, deseemos y pidamos que a todo hombre o mujer que sufre las tinieblas de la propia existencia, se le acerque la Iglesia de Jesucristo y le anuncie de parte del Maestro: “¡Ánimo!, levántate, que te llama”. Y que entonces, sin temor, sepa responder: “¡Señor, que pueda ver!… ¡Quiero seguirte!”.

Luis Emilio Pascual Molina
Capellán de la Cofradía de Jesús
Domingo XXX del Tiempo Ordinario – Ciclo B
24-octubre-2021