“MI REINO NO ES DE ESTE MUNDO…”

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Uno de los tantos chascarrillos que circulan por las tertulias de amigos dice así: “¿En qué se diferencian una casa incendiada y una casa vacía?: en que de la primera salen llamas y en la segunda llamas y no salen”. Como éste, miles de divertidos juegos de palabras agudizan el ingenio.

Hoy con la Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo acaba el año litúrgico. El diálogo entre Pilato y Jesús, su juicio civil, tal como lo narra Juan, alcanza su culmen en la confesión de la realeza de Cristo: “Tú lo dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad”.

Siguiendo el esquema citado de los chascarrillos podríamos preguntar: “¿En qué se diferencian Jesucristo y un rey?”. Ciertamente se trata de de una realeza misteriosa, no al uso:  el rey -o el gobernante, que en términos modernos es lo mismo- conquista la voluntad de sus súbditos por la astucia y la coacción (aunque sea la justa fuerza coactiva de la ley), y Jesucristo conquista el corazón de los suyos como un amado con su amada, “a fuerza de amor”, con gestos de un amor inagotable. Su arma más devastadora es un amor tal que “ni cansa ni se cansa” (cf. San Juan de la Cruz); como si le repitiera: “puedes hacerme lo que quieras, que no vas a conseguir que te deje de amar”.

La realeza de Jesús se identifica con su persona y no con un sistema. Por eso su Reino “no es de este mundo”. Se trata de una alternativa al mundo en que vivimos. Su reinado es desde el servicio, no desde el poder; desde la humildad, no desde el éxito; desde la pobreza, no desde la riqueza. Y su seña de identidad es el testimonio de la verdad. ¡Qué extraño suena esto hoy, cuando la verdad ha perdido su vigencia y el relativismo campa a sus anchas en todos los sectores de la sociedad, y hasta se habla de la “post-verdad”!

El prefacio de la Misa nos indica de qué va este Reino: “…un reino eterno y universal: el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”. El papa Benedicto XVI se lo decía a los jóvenes hace 16 años en Colonia: “El poder de Dios es diferente al poder de los grandes del mundo… no le hace competencia a las formas terrenales del poder… no contrapone sus ejércitos a otros ejércitos… Al poder estridente y pomposo de este mundo, Jesús contrapone el poder inerme del amor, que en la Cruz -y después siempre en la historia- sucumbe y, sin embargo, constituye la nueva realidad divina, que se opone a la injusticia e instaura el Reino de Dios”.

Dejarse conquistar por este Rey implica aprender a acomodar la propia vida al modo de ser de Dios, diciendo a todo el que me encuentre en el camino de la vida: “puedes hacerme lo que quieras, que no vas a conseguir que te deje de amar”. Esto es ser rey al estilo de Jesucristo.

Por todo ello… “¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!”.

 

Luis Emilio Pascual Molina
Capellán de la Cofradía de Jesús
Solemnidad de Cristo Rey – Ciclo A
21-noviembre-2021