EL VINO NUEVO

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El evangelista Lucas sitúa el comienzo de la vida pública de Jesús en la sinagoga de Nazaret cuando, tras leer al profeta Isaías, realiza aquella afirmación que escandaliza: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”; es decir, en él se cumplen ya las esperanzas mesiánicas, ha acabado la espera (será el evangelio de la semana próxima). Mateo, tras mencionar un primer recorrido por la ribera del Mar de Galilea y la llamada a los cuatro primeros discípulos introduce inmediatamente el Sermón de la Montaña. Marcos, más sucinto, narra la expectación que el paso de Jesús suscitaba en la gente, e indica como primeros signos de su poder la curación de un endemoniado y de la suegra de Pedro. El evangelista Juan, como siempre diferente, presenta a Jesús y a su madre invitados a una boda y, fiel a su estilo, nos dice mucho más de lo que aparentemente puede sugerir la simple fiesta de estos novios.

Hoy, cuando apenas hemos iniciado el Tiempo Ordinario, la Iglesia -siempre amorosa y sabia- nos ofrece este texto en la liturgia dominical. Jesús está en una fiesta de bodas, y allí, cerrando la primera semana de su misión, va a realizar el primer signo: el agua de unas tinajas es convertida en vino. Muchas parejas escogen este evangelio en la celebración de su matrimonio sin ser conscientes de la enorme riqueza del mismo, porque lo de menos es que se hable de una boda.

La presencia de Jesús en Caná anuncia un tiempo nuevo. Esta es la intención de Juan. Jesús participa en los gozos y en las tristezas de los hombres de su tiempo, y continúa participando hoy. Nuestra vida aparece, tantas veces, como un vino aguado por la rutina y la falta de ilusión, por el conformismo y la comodidad, por la pequeñez de espíritu y las miras egoístas, eso cuando no es escaso o no queda, y hay que continuar bebiendo sólo agua, es decir, “pura humanidad”. La presencia de Jesucristo en la vida de una persona, o de una comunidad, o en la vida social de un pueblo, transforma nuestra agua en el mejor vino, nuestra humanidad en divinidad.

El vino que ofrece Jesús es un regalo; no lo podemos encontrar ni comprar en ningún mercado del mundo, y además se nos da en abundancia. La Iglesia, Cuerpo de Cristo -débil y pobre en sus miembros, pero sostenida por el Espíritu- recibe el vino de su Señor, y lo ofrece a la sociedad, para que se renueve y no permanezca “abandonada y devastada” por ideologías al margen de Dios. Los poderes de este mundo nos ofrecen muchos y variados “licores”, “bebidas isotónicas”, “agua más o menos mineralizada”… pero nunca podrán ofrecernos ese “vino nuevo” capaz de construir un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia y la verdad.

Desde este primer signo de Jesús, el vino nuevo del Reino comenzó a correr… Algunos, entonces, no se enteraron, pero… tres años más tarde lo verán derramarse en la cruz y, desde entonces -y todos los días- se ofrece como bebida de salvación en cada Eucaristía.

Luis Emilio Pascual Molina
Capellán de la Cofradía de Jesús
Domingo II del Tiempo Ordinario – Ciclo C
16-enero-2022