“TODO LO HAGO NUEVO”

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Nuestro problema, como el del hombre de todo tiempo y lugar, consiste en que vivimos en la paradoja de afirmar la omnipotencia humana frente a Dios, o ante quien intente orientarnos o sólo aconsejarnos, y al mismo tiempo experimentamos día tras día la debilidad de la propia naturaleza humana para crear un hombre nuevo, para cambiar. Sin embargo, en el terreno de la Fe y de la Salvación cristiana el futuro se presenta “siempre en esperanza»: el hombre es criatura -y por ello, débil y limitado- creado por Dios a su imagen, libre y responsable de sus actos; su libertad mal ejercida le lleva al error, al pecado, a la separación de su creador, pero el cambio es posible, el milagro es real y acontece. El Señor, que ya “abrió un camino en el mar” para liberar a un pueblo esclavo, promete superarse: “Mirad, voy a hacer algo nuevo, ya está brotando… pondré aguas en el desierto, ríos en la estepa…”. Transformación que es anticipo y presagio de la novedad verdaderamente absoluta: la salvación que vendrá por Cristo.

La mujer sorprendida en adulterio -evangelio de hoy- experimentará en primera persona que el juicio de Dios no es de condena, sino invitación al cambio y promesa de regeneración: “Tampoco yo te condeno. ¡Vete, y en adelante no peques más!”. El perdón, más allá de un abrazo o una mano tendida, es don, gracia, vida nueva. Pablo, que en carne propia ha vivido la fuerza del amor de Dios y la transformación de su vida, ya sólo buscará una cosa: “olvidando lo que dejé atrás corro hacia la meta”, porque “nada vale la pena comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor… y todo lo considero basura en tal de ganar a Cristo, y vivir unido a Él”.

Esta es la tarea de la Iglesia -y todo bautizado está invitado a ser Iglesia viva-, tarea urgente: asomarse y entrar en lo profundo de la persona, conocer sus fracasos y amarguras, sus soledades y angustias, su desierto, su aridez… y anunciarle allí, sin miedo y con total convencimiento, la fuerza de la Resurrección de Cristo, capaz de entrar en comunión con personas rotas o muertas y restaurarlas, redimirlas; anunciarle que son urgentes las obras que preparen la llegada de un trasvase que devuelva vida. A esto nos invitaba el Papa Francisco al inicio de su pontificado: a recorrer juntos “un camino de amor fraternidad y confianza”, a “confesar sin complejos a Jesucristo”.

Ante la aridez del corazón, ante el vacío existencial, ante el hijo drogadicto o la enfermedad terminal, ante la sequía vital… necesitamos urgentemente un trasvase de esa agua que Jesús prometió a la samaritana, “el agua viva”, que producirá un “manantial que brotará para la vida eterna” (Jn 4, 14). Entonces exclamaremos con el salmista: “Cuando el Señor cambió nuestra suerte nos parecía soñar; la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares…”, que, traducido al lenguaje juvenil actual sería: “¡Tío, es que alucino en colores!”.

Luis Emilio Pascual Molina
Capellán de la Cofradía de Jesús
Domingo V de Cuaresma – Ciclo C
3-abril-2022