En el año del Señor de 1600, cuando la ciudad de Murcia cerraba el siglo XVI y abría camino al XVII, nacía la primera y más antigua de sus cofradías penitenciales: la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.
El día 2 de agosto se erigía canónicamente, fruto visible del espíritu reformador del Concilio de Trento, dando inicio a un apasionante capítulo de la historia religiosa de la ciudad, seguida de otras tantas que en lo venidero irían sumándose y configurando la Semana Santa murciana.
Mas todo ello a la zaga de la verdadera grandeza de esta cofradía: el culto rendido a Nuestro Padre Jesús Nazareno, la imagen de Cristo con la Cruz a cuestas que, a decir del autor anónimo (quizá José María Ibáñez) de la Reseña Histórica de 1934, es «cifra y compendio de la pía devoción», para continuar afirmando de Él que conmueve hondamente al pueblo fiel y «cuando pasa ante la muchedumbre piadosa aquella tétrica y devota efigie, que Salzillo no osó nunca sustituir por obra suya, una misteriosa e invencible emoción del alma nos hace caer de hinojos ante ella».
Acertadamente recogen esas líneas lo que, a fuerza de misterioso y sagrado, escapa a la mera argumentación, pues parece un invencible mandato divino el que ha querido subyugar el corazón de los murcianos ante esta sacratísima y milagrosa imagen de Jesús Nazareno, uniéndola a la de su madre la Virgen de la Fuensanta como sagrados protectores de la ciudad de Murcia.
«ESTO SE HACE EN REMEMBRANÇA DE LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO»