LA INSEGURIDAD

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Puede que la inseguridad sea una de las palabras que mejor definan hoy nuestra realidad y nuestras sensaciones. Inseguridad laboral -por la precariedad y temporalidad del trabajo-, inseguridad económica -que para muchos se torna drama de subsistencia-, inseguridad física -por la acción terrorista, las agresiones, la violencia que nos invade o la pandemia-, inseguridad política ante el panorama y el espectáculo diario, inseguridad del estudiante porque no vislumbra un futuro de bienestar tras finalizar su carrera… Y, en definitiva, inseguridad personal y moral, porque ya no estamos seguros de nada ni nos fiamos de nadie, consecuencia de un relativismo que niega la verdad del hombre y lo reduce a pura afectividad y emoción. Como resultado de la inseguridad sobreviene la duda, la falta de decisión, la inacción, el temor… la desconfianza.

También en la tarea evangelizadora -en nuestro ser y vivir como Iglesia- nos ocurre lo mismo, porque las piedras vivas que la conforman (nosotros) están agrietadas, golpeadas, erosionadas por este virus de la inseguridad y la desconfianza. Así, cualquier pequeño viento contrario parece una tormenta de consecuencias extremas. ¡Qué bella catequesis nos ofrece hoy la liturgia dominical para estos tiempos de tempestades, de mares encrespados y de misiones que nos superan! Job se vio inmerso en la dura prueba de la fe, y Dios le habló desde la tormenta, acallando sus dudas y mostrándose como Señor del universo. Pablo -que nunca se desalentó- nos dirá, desde su propia experiencia: “presumo de mis debilidades, porque en ellas se manifiesta la fuerza de Dios”. Y los apóstoles, zozobrando en el mar de Galilea, temen por sus vidas ante el silencio inexplicable del Maestro… que parece dormir.     

El temor, la duda y la desconfianza son viva consecuencia de la falta de Fe, porque Él, Jesucristo, el Señor, no duerme, ni permanece indiferente ante el sufrimiento humano; está presente, resucitado, y es Él quien sigue llevando la barca. Es preciso entender que necesitamos el sufrimiento, porque la fe, y la misión, deben ser probadas, como el oro en el crisol. Era necesario entonces, y lo es ahora, que cada vez que el miedo amenace la vida, o la aventura evangelizadora, hagamos presente el poder de Jesucristo Resucitado. Es la llamada, en medio de cada tormenta, personal o pastoral, a “entrar en el misterio de Dios” y abandonarnos en sus manos. Nos volverá a repetir: “¡No tengáis miedo, yo he vencido al mundo!”.

¡Qué bien lo explica San Pablo hoy! Nos exhorta a no dejarnos atrapar por criterios humanos, y nos insta a buscar y vivir la experiencia renovadora del encuentro con Jesucristo, porque: “el que es de Cristo es una criatura nueva; lo antiguo ha pasado, lo nuevo ya ha comenzado”.

¡Cómo temer si Dios está con nosotros! ¡Cómo dudar si el amor de Dios nos ha hecho nuevos y nos impulsa a una tarea que es la suya!

Donde hay Fe no se vive la inseguridad sino la Esperanza.

 

Luis Emilio Pascual Molina
Capellán de la Cofradía de Jesús
Domingo XII del Tiempo Ordinario – Ciclo B
20-junio-2021